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Imaginación a la orilla del río

Hacía tiempo que no veía niños jugando en la calle. Mi paseo mañanero en el intento de superar uno de los propósitos de año nuevo, ser capaz de correr sin morir en el intento, está sembrando sus frutos. Y me he descubierto sorprendiéndome al ver niños en el parque jugando solos. Interactuando con la naturaleza y aprovechando todo lo que puede ofrecerles. Quizá os suene raro, pero es así. Hacia muchísimo tiempo que no veía a niños alejados de sus juguetes convencionales, de sus consolas. Alejados del contacto y fiel supervisión adulta. Fuera de un entorno controlado como el típico parque de juegos donde pasar parte del domingo o donde invertir las horas después del cole y las extraescolares. En lugar de eso estaban disfrutando con un entorno fuera de lo común. Sintiéndose libres de jugar y crear sus propios proyectos, cometiendo sus errores y aprendiendo de ellos sin presión. 

Sin que sirviera de precedente y también para recuperar un poco el aliento, hice un alto en el camino frente a ellos. Sus bicis completamente descoloradas se agolpaban al inicio de un pequeño sendero que conducía a un espacio perfecto a la orilla del río. Hasta a mi me hubiera gustado descubrir ese pequeño rincón, rodeado de vegetación y árboles fuertes que en verano posiblemente harían que se resguardasen del sol. Ahora en invierno, el cometido de ellos era otro. En tan solo unos instantes y con la agudeza y destreza de un artesano desplegaron un columpio que posiblemente ellos mismos habían diseñado en otra ocasión. Cuerdas y un tablón de madera. No necesitaron nada más para dar rienda suelta a su imaginación y convertir ese espacio del parque a la ribera del río, en su propio escondite.

Algo tan natural, tan de siempre, tan sencillo; en ese preciso instante me sorprendió. Y no se si fue realmente por ver niños jugando, riendo y disfrutando lejos de sus videoconsolas o porque alguien, sus padres imagino, habían confiado en ellos mismos. En una educación basada en la libertad y la confianza. Una educación que probablemente ellos mismos hubieran recibido. Jugando en la calle libremente.

No pude por menos que quedarme alrededor a hacer mis estiramientos. En ese momento ellos, on un simple gesto, me habían inspirado y absorbido mi atención. Del mismo modo que me di cuenta que correr o por lo menos intentarlo, me estaba aportando muchas más cosas que beneficios físicos. La inspiración puede estar en mil lugares y se puede encontrar en cualquier instante. Incluso cuando tu respiración y tu cuerpo te indican que no puedes más. Ahí en ese instante es donde creer en uno mismo funciona. Donde esos niños decidieron soltar sus bicis y construir su espacio donde yo me di cuenta que volver a los orígenes de vez en cuando, hace que los niños crezcan con una gran sonrisa. Reportándole a uno mismo felicidad. Feliz semana.

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