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Lo que siempre fuimos

Ocho y media de la mañana, el sol ya calienta en Madrid, la suave brisa acompaña mi despertar. La noche no ha sido tan calurosa como parecía. Cambiar el pueblo por la ciudad de vez en cuando no sienta nada mal. Aunque el asfalto queme y el ruido de las bocinas de los coches interrumpa el sueño.

Me lanzo a la calle sin pensar, esperando que la mañana me traiga fortuna y el destino quiera que no quiebre de una insolación. Son ya varios días los que llevo por España y todavía mi cuerpo no se ha acostumbrado a sobrevivir a estas temperaturas. De todos modos me quedo donde estoy ya que un pajarito me ha soplado que por Inglaterra el tiempo no da tregua y la lluvia inunda sus despertares.

Decido tomar el autobús. Siempre he sido más de superficie que de túneles y en esta ocasión voy con tiempo y un paseo por las calles de Madrid seguro me trae buenos recuerdos. Soy mucho de eso, de recordar, de revivir momentos donde fui feliz. Recorrer con la mente todas esas calles por las que un día me perdí y por las que seguramente vuelva a perderme dentro de muy poco.

Paso por un kiosco de camino a la parada, el olor a flores me llena. Las venden de toda clase y color. Porque Madrid es así, te sorprenden y te venden un periódico como un ramo de las flores más bonitas que puedas imaginar. Todo al alcance de tu mano.

Paso a paso me acerco a mi destino, los autobuses ya no hacen ruido, son ecológicos y el aire acondicionado de su interior sienta de maravilla. Parece que algo bueno sigue quedando vigente del gobierno de Carmena. Cuánto te va a echar de menos la capital, Manuela.

Fluyo por sus calles. Se nota que es julio. No hay agobios, todo discurre y mi mente vuela por todos esos momentos uniendo calles y situando mis vivencias y todos aquellos pasos con los que recorrí su fisonomía. Un año y medio después decenas de comercios han echado el cierre. Y donde había bares de toda la vida ahora me encuentro cadenas de repostería y gimnasios low cost. Dos o tres comercios tipo galerías sobreviven en el barrio como pueden ante la atenta mirada de las grandes marcas que están acabando con la esencia de todos esos barios donde cada vez que bajabas a comprar el pan o a tomar un café, te atendían con una sonrisa de reconocimiento. Sincera y amable. El hilo del progreso, el que todos alimentamos, pero que de vez en cuando, al echar la vista atrás, miras con nostalgia.

Veinte minutos de trayecto y ya he llegado a mi destino, al corazón del barrio Salamanca. Vuelvo a reconocer todas sus calles. Lo conozco bien, viví y trabajé entre sus emblemáticos y señoriales edificios. Hoy se muestra tranquilo, sin el típico bullicio que recorre sus tiendas y centros de negocios. Las vacaciones asolan la ciudad y yo me aprovecho de ello. Recados y gestiones terminadas, mi cuerpo me pide café. Tengo tiempo hasta coger el autobús de vuelta al pueblo y no desaprovecho la ocasión de pasarme por uno de mis rincones preferidos de la capital. El salón de té de Salvador Bachiller, en Goya, me pierde. Decorado al detalle, coqueto y tranquilo es el lugar perfecto para escribir estas líneas. Su música me transporta y su luz tenue hace que disfrutes de cualquier té o café que elijas. Tostadas de tomate para acompañar la mañana y recuperar fuerzas. Una delicia.

El reloj marca ya las doce y recapitulo todo lo que ha pasado por mi mente esta mañana. El poder del paso del tiempo. Lo importante que es y lo difícil que resulta muchas veces aguantar su tirón. El tirón de la crisis y la globalización que cerró y abrió todos esos comercios. Cómo todo cambia y evoluciona y cómo nosotros también maduramos con el paso del tiempo.

Me paro a pensar por un momento todo lo que he aprendido y cómo me ha sentado esta experiencia internacional en Inglaterra que acabo de vivir. Cómo he afrontado las relaciones sociales con la gente, el poder del trabajo y la barrera del idioma en algunas ocasiones. Y lo comparo con hace once años, la fecha cuándo abandoné también España para vivir un año en Italia. Y siendo sincera no tiene nada que ver. Ni la experiencia ni yo misma. En muchos puntos me reconozco, en aquella Lara de 21 años que se enamoró de Italia y exprimió sus nueve meses allí. Que vivió la cultura, se aprovechó de cada oportunidad y no tenía miedo a nada porque todo estaba por llegar. Pero en muchos otros he de reconocer que mi personalidad ha evolucionado y es otra. En cuanto a la conciencia social y lo difícil que resulta en muchos casos que la suerte te sonría. La Lara de ya casi 32 años sabe que nada llega si no lo buscas y que la mayoría de las veces las barreras que nos provocan miedos nos las ponemos nosotros mismos. Que no hay mejor aliado que el esfuerzo y la constancia y que con una sonrisa a tiempo se consiguen muchas cosas. La Lara de ahora valora cada detalle y sabe que no hay nada mejor que vivir rodeado de la gente que quieres. Y yo en eso soy muy afortunada.

Mis horas en Madrid van llegando a su fin por hoy. Me quedan dos recados más y el autobús de vuelta a Aranda. Qué bien me sienta la ciudad. Entiendo a los que detestan su agobio, contaminación y locura. Pero a mi me da vida. Me marcho tranquila; con ganas y a sabiendas que muy pronto Madrid y yo volveremos a ser cómplices. #FelizSemanaaTodos

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