Relatos

Relato: Los segundos de África

Se despertó una mañana con una extraña sensación. Algo estaba cambiando. Lo sentía desde hace días, pero no tenia claro porqué lo percibía así. De esa forma tan difusa, pero tan persistente, sin saber el qué ni porqué, pero se encontraba como sin ganas, sin ese reprís que a África le caracterizaba.

A sus 40 años ya había vivido mil situaciones; había superado un cáncer de mama, había apostado por sus sueños convirtiéndose en autónoma y había dejado de lado todos sus complejos físicos después de una operación como la que vivió ya hacía tres años. –Cómo pasa el tiempo, vuela y vuela y se nos escapa entre las manos sin apenas saborearlo-, se repetía cada día para recordarse que cada segundo era importante.

Así lo demostraba cada día, antes y después de su enfermedad. Siempre había sido vital, optimista y muy capaz. Despertándose cada día con una sonrisa, rodeada de quien más la quiere y valorando todo lo conseguido.

Sin embargo, hoy era diferente. Y sin saber el motivo, sabía que algo le pasaba. Se conocía perfectamente y algo no andaba bien en su cabeza o en su corazón. O quizá en ambos.

Decidió darse un segundo. Pararse a pensar en el porqué. Le había funcionado otras veces. –Muchas veces preguntarse cosas a uno mismo ayuda a coger perspectiva-, aunque pueda resultar lunático, funciona. Y África lo sabía, lo practicaba y recogía sus frutos.

Respiró hondo, cogió aire y cerro los ojos. Puso su mente en blanco, se dejó llevar y escuchó a su cuerpo. Y tras varios minutos encontró algo. Se empezó a dar cuenta de lo que ese día le bloqueaba y no le permitía irradiar todo con su sonrisa.

Todo era cuestión de actualidad, de esa parte del mundo que se le escapaba de las manos, algo que no podía controlar, pero que le afectaba profundamente sin saber exactamente el motivo.

Tras varios minutos se dio cuenta de que el mundo estaba cambiando a marchas forzadas. Que ese mundo en el que vivimos, ese mundo que creemos es más libre que nunca, se estaba poniendo las cadenas invisibles mas grandes de su historia. Concretamente las estamos poniendo nosotros. Esas trabas que hacen que ya no se pueda hablar sin temor a las palabras, que no podamos opinar por miedo al qué dirán y que no podamos actuar porque de nada sirve ni nadie escucha.

Tras esa reflexión África se quedó de piedra. El problema no era ella, no le afectaba directamente, pero su corazón y su alma no se sentían libres. Se sentía triste por ser parte de ese mundo que veja al propio mundo. Que rema a contracorriente y que no piensa en un futuro y en lo que está por venir.

Sus minutos a solas contestaron sus preguntas. Se dio cuenta de qué le afectaba, pero también se percató que no sabía como ponerlo solución. Si hacer oídos sordos y mirar a otro lado. O poner su granito de arena, intentando ayudar a todos los que están a su alrededor con su sonrisa, su optimismo y confianza.  Que aunque le parezca cosa de poco, sirve de mucho para que la gente valore y recupere la ilusión por su mundo, por saber que todos somos parte de algo y que ese algo se va desintegrando y degenerando día a día con nuestros actos y pensamientos egoístas. Vive y deja vivir, respeta al que tienes al lado y no corras ni vueles cuando los segundos vividos son lo que más valen. Por un mundo más natural, más humano y donde las personas sigamos actuando como grupo, no como unidad.

África volvió a sonreír. A sabiendas de que el mundo no seguía el camino que esperaba, pero a sabiendas también de que si ella en ese momento decidió poner su granito de arena, seguramente otra persona en la puerta de al lado o en la otra punta del mundo, estaría pensando y decidiendo lo mismo. Sonríe y piensa en grupo, el mundo es de todos. 

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