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Relato. Bailando bajo la lluvia

Se dio cuenta que llevaba varios minutos mirando obnubilada a través de la ventana. Sin tener exactamente claro qué tenía ocupada su mente y qué pensamientos no le dejaban disfrutar de la tormenta que se estaba formando tras el cristal.

A Julia le encantaban las tormentas, siempre había sido así. Desde pequeña se ponía hasta nerviosa cuando empezaba a escuchar los primeros truenos. Disfrutaba viendo a sus hermanas correr porque a ellas sí les daba miedo. Corrían y jaleaban horrorizadas porque las gotas de lluvia hacían que su pelo se encrespara. Julia no lo entendía, no había nada mejor para ella que sacar la puntita de la lengua y dejar que miles de gotas se posasen en su cara y la llenasen de vida y de energía. Saltar sobre los charcos que se estaban formando y reírse de ese momento donde se sentía plenamente libre. Libre hasta que su madre le gritaba desde casa que volviese dentro, que al final se iba a coger un buen catarro. Julia siempre se hacía la remolona, quería disfrutar de ese momento todo lo que pudiera y así también poner un poco a prueba los nervios de su madre. La que con tal de que volviera a casa y no pillase un catarro, estaba dispuesta a salir a por ella y cubrirla con una toalla suave, algo calentita y con ese olor tan característico.

Y ese olor, ese mismo olor, es el que la trajo de vuelta de esos pensamientos. De esos recuerdos que después de cuarenta años seguían ocupando su mente cada vez que se formaba una tormenta. Cada vez que veía a una niña disfrutar entre los charcos y sonreírle a la vida porque se sentía inmensamente feliz.

En ese momento se dio cuenta que era la primera vez que una tormenta no le traía felicidad. Era la primera vez que quería que se pasase cuanto antes o que ese día jamás hubiera llegado. Qué útil sería una maquina para rebobinar el tiempo, como si de una película se tratase, – pensó de forma convencida-. Pero ya sabía que aun con ese aparto futurista, nada mejoraría. Era fiel creyente en el destino y si algo estaba de pasar, de una forma u otra, acabaría pasando.

Una voz masculina le devolvió de nuevo a la realidad y dejó por unos minutos a solas sus pensamientos para responder lo que el médico le había preguntado.

-¿Cómo está pasando la tarde? ¿Qué tal ha encontrado a su madre?

-Bien, la verdad es que tiene buen color, gracias. Y hemos conseguido que comiese algo. Lo que es un triunfo. – respondió Julia. – Toda la vida trabajando para que nunca faltase nada en la mesa y fíjese ahora… ni siquiera tiene apetito para comerse un yogurt. Qué caprichosa se vuelve la vida-.

-Bueno, cada bocadito cuenta. No lo dé más vueltas mujer, – replicó el doctor con una sonrisa. – Avíseme si necesita algo, estaré unas horas más por el hospital.

Julia asintió con gratitud. Desde que su madre había ingresado en el hospital, hacía ya más de dos meses, siempre la habían tratado estupendamente. O eso es lo que le habían contado sus hermanas. Julia acababa de llegar, iba a ser su primera noche entre esas cuatro paredes y su corazón y su mente no le daban ni un minuto de respiro. Los remordimientos por algunos de sus actos no le hacían sentirse tranquila. Cada vez que se quedaba a solas con sus madre en esa habitación, el corazón le daba un vuelco. Incluso sabiendo que hacía más de cinco años, los recuerdos y la memoria de su madre, se habían evaporado.

Cinco años en los que Julia se decidió a vivir su vida y a apostar por una oportunidad laboral al otro lado del mundo. A más de ocho horas de diferencia horaria y a miles de kilómetros de distancia que la separarían de sus problemas. Julia optó por huir. El miedo por la enfermedad de su madre bloqueó sus sentidos y el único camino que le pareció oportuno fue escapar a Japón.

Y cinco años después ahí se encontraba, a los pies de la cama de esa madre que tanto dio por ella. Y que ahora veía tan indefensa. Julia, temblando, con el corazón a mil por hora había comprendido que el miedo solo hace que tomes la decisión más cobarde. Arrepintiéndose de no haber sido capaz de levantar el teléfono, de volver por navidad o de intentar entablar algún tipo de relación con su madre durante todos estos años. Se sentía culpable y el paso del tiempo había hecho que sus pensamientos se tornasen en vergüenza.  Y esa vergüenza en soledad.

Consciente de sus errores, Julia se sintió frágil y las lágrimas más sinceras brotaron de sus ojos rogando el perdón más silencioso que se puede imaginar.

Las lágrimas dejaron paso a los sollozos y entre uno y otro a Julia le pareció escuchar la voz de su madre. Esa madre que tanto le protegió, esa madre cariñosa que se acordaba de quién era y de todo lo que habían vivido juntas. Esa mujer fuerte que era antes de que una enfermedad, como la demencia, se la llevase por delante.

Y allí al lado de esa cama de hospital, la madre de Julia, llenó el silencio.

-Julia, mi amor, no te olvides de coger la toalla para secarte luego. He visto que está lloviendo y te apetecerá salir a jugar con la lluvia. En media hora estará lista la cena. No te retrases mucho que luego tus hermanas se enfadan. Venga; sal, corre. – Con esa voz tan clara, tan serena y tan dulce que la caracterizaban su

madre le dejó claro los recuerdos que tenía de ella. Y eso es lo que debía tener en cuenta. Su nuevo punto de partida estaba frente a sus ojos. Su madre la había reconocido y nada valía más que eso.

Aquel día de lluvia que se había tornado triste en la vida de Julia, le brindó una nueva oportunidad de recuperar a su familia. De valorar lo que realmente importa y aprender que el miedo nunca es buen consejero ante la toma de decisiones.

Ese día; con lágrimas en los ojos, Julia, también bailó bajo la lluvia. ¡Y sonrió!.

Feliz Semana #mitedelascinco

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