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Relato: Besos con sabor a sal

Lo único que se permitía escuchar era el eco de las olas de fondo. El reloj marcaba las once de la noche y por un segundo no logró recordar cuánto tiempo hacía que no disfrutaba de unos días para perderse, para olvidarse y renacer a la orilla de ese mar que le había visto crecer. Que le había dado tanto y que de igual forma le arrebató la pieza más importante de su adolescencia.

Su vida siempre había sido marítima. Todo giraba entorno al agua, la sal, el buceo, los barcos, la pesca y paseos interminables por la playa. Incluso su primer beso fue en esa cala recóndita al abrigo de las estrellas…difícil de olvidar. Besos salados, románticos, inocentes que quedaron grabados sin razón.

Era tarde. Apagó las luces y se quedó a oscuras contemplando la bahía desde la azotea. Embriagándose del aroma a salitre que circulaba en el ambiente y centrándose únicamente en recuperar sus instantes de felicidad. 

Siempre había sido un gran amante de la noche. De su aire cargado de personalidad, de las historias que albergan los cielos oscuros. Y la luna, que cómplice de todos ellos, sonríe noche tras noche disfrutando y sintiéndose protagonista. 

En su cabeza el sonido de las olas se mezclaba con el segundero del reloj. Era como una fuerza que le indicaba y le arrastraba hasta la orilla sin que desperdiciase ni un instante más. Un tintineo magnético que consiguió que no pensara, que cogiera las llaves y corriera sin sentido hasta la playa. 

Dos minutos más tarde se descubrió en la orilla del mar. Descalzo, tranquilo y completamente libre. Poco a poco fue metiendo los pies en el agua. De pronto no había temor. Se alejaron los murmullos. Estaban solos él, el mar y la mirada de la luna que grabaría ese momento. Se deshizo de toda su ropa y completamente desnudo entregó su cuerpo y su mente a ese agua templada que se mecía bajo las estrellas. Brazada a brazada, segundo a segundo se perdió en el horizonte sabio de su decisión.

Diez años más tarde sentía que se había perdonado. Había perdido el miedo a ese mar que se llevó a quien más quería. Y justo en ese instante, balanceado por las olas, recuperó su confianza. Ahora su padre le sonreía desde ese cielo cargado de estrellas infundiéndole ese coraje marinero que le venía de familia para que siguiera disfrutando del mar, de sus raíces, con la misma energía que cuando era pequeño.

Besos y caricias con sabor a recuerdos salados en esa noche cálida en la que había conseguido sin pensar, solo dejándose llevar, superar todos sus miedos. 

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