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Relato. Compartiendo el cielo (Parte 2)

Unas cuantas manzanas todavía le separaban de su destino. Pero pudiendo caminar, buena gana de malgastar el tiempo entre transbordos y gente que corre atropellada. Marta disfrutaba con el aire fresco y el sol de la mañana. Además así podía repasar en su cabeza los últimos detalles de cara a la entrevista de trabajo que tenía en una hora. Llevaba varios meses en París y había estudiado francés desde el colegio, pero siempre estaba ese miedo de no ser su lengua materna. Ese sentimiento de inseguridad que hacía que se bloqueara o titubeara de vez en cuanto. Qué bien suena todo en mi cabeza, – se repetía a ella misma- ya podría sacudir mis nervios y mostrarme así de convincente frente al público.

Era la décima entrevista en la ciudad y no quería meter la pata de nuevo. Necesitaba ese trabajo. Sus reservas de ahorro iban bajando poco a poco y vivir en una capital como París no resultaba precisamente barato. Era consciente que trabajar como cuidadora de personas mayores no era su profesión o no sería el trabajo de sus sueños, pero sí era lo que más se acercaba a ella teniendo en cuenta su situación y cómo le atacan los nervios con todo lo que tenía que ver con ejercer como enfermera o lidiar con situaciones de urgencia o límites. Solamente de pensarlo su cuerpo reaccionaba. Un torrente de recuerdos invadían su mente dejándole bloqueada y débil. Sin poder gestionarlos o analizaros. Sin poder comprender el detonante exacto que hizo que su vocación como enfermera y toda su experiencia, se convirtiera en su peor pesadilla.

Marta siguió su camino repitiendo una y otra vez todas las respuestas ante las posibles preguntas que seguramente el entrevistador le haría en unos minutos. Ya tenía cierta experiencia con entrevistas similares y esa mañana además se había levantado con una buena vibración. Siempre había sido de esa clase de personas que creían en las energías, en todo lo que nos rodea y en que siempre hay algo o alguien que llegado el momento te hace sentir mejor o peor para poder enfrentar las situaciones del día a día. Y justamente así se sentía hoy; plena, segura y con ganas de demostrarse a sí misma que todo ese cambio de vida iba a merecer la pena. Que vivir en París y trabajar allí sería su sueño cumplido y que nadie sería capaz de arrebatárselo, costase lo que costase.

Todo lo que veía a su alrededor le indicaba que era el día perfecto y que todo saldría bien. Que era hora de confiar en su suerte y apostar por su futuro. Y tal y como lo pensó y lo sintió, prácticamente se ejecutó. Una hora después de cruzar las puertas transparentes y perfectamente limpias del centro para mayores Eugène Forner volvió a cruzarlas para salir con la sonrisa más grande que podía lucir. Y junto a esa sonrisa la satisfacción de contar por fin con un trabajo en la ciudad de las luces. Ese pasito extra que hoy había conseguido hacía que viese todo desde un punto de vista mucho más amable. Se había martirizado mucho a sí misma. Había pasado horas y horas llorando de forma desconsolada por no poder seguir ejerciendo su profesión. Interminables horas con su psicóloga indagando en la raíz del problema. Pero a partir de ese terrorífico 11-M nada volvió a ser lo mismo. Y confiaba que ahora con esta nueva oportunidad consiguiese sentirse mejor aunque fuese cuidando y estando pendiente de los mayores.

Decidió volver a casa dando de nuevo un paseo. No podía dejar de pensar en lo que había conseguido. Estaba encantada y tenía que celebrarlo. Compró flores en uno de los quioscos más emblemáticos de la Avenida de los Campos Elíseos y se sentó a escasos metros en un fantástico Café con terraza para disfrutar de una de las bebidas que más le gustaban de París. Un buen café au lait era capaz de arreglar el día a cualquiera y si encima ya era uno de los mejores días desde que vivía allí, lo iba a disfrutar doblemente aunque tuviese que desembolsar cuatro euros. Era momento de premiarse y disfrutarlo como experiencia.

A escasos metros, un matrimonio compartía un brunch y sus confidencias. Sus dos niños correteaban alrededor dando vida y disfrutando del fantástico día que había amanecido. Marta no quiso entrometerse en la conversación, pero no pudo evitarlo, escuchar los cotilleos aunque fuese de refilón hacía que recrease sus historias en su mente. Su café había llegado, sacó del bolso su libro favorito y decidida a disfrutar del momento comenzó a sumergirse entre sus páginas. Absorta en sus líneas, unos gritos llamaron su atención. Levantó la cabeza de forma inmediata y vio cómo el matrimonio pedía ayuda y zarandeaban a uno de sus hijos con fuertes movimientos. No entendía la situación, pero sus nervios colapsaron su mente y Marta se quedó completamente bloqueada. Los segundos se le hicieron horas y como si de una eternidad se tratase un millón de pensamientos le abordaron hasta que se dio cuenta que estaba en sus manos atender a ese niño que claramente algo le pasaba. En ese momento, reaccionó de inmediato, dejó de pensar y por instinto se levantó, se acercó a la familia para avisar que era enfermera y efectuó al niño la maniobra de Heimlich. El niño se estaba ahogando y gracias a esa sencilla compresión abdominal, lo que pudo ser un drama se convirtió solo en un buen susto. Marta estaba allí, había reaccionado, por instinto lo hizo. Se había revelado a sus miedos y en esos segundos que a ella le parecieron eternos le plantó cara a su lado más débil reforzada por la idea de que las cosas buenas y los pensamientos positivos te llevan a otra cosa buena casi sin darte cuenta. 

Cuando el pequeño escupió el pequeño panecillo por su boca y volvió a respirar, Marta rompió a llorar. Lo había logrado, no sabía si de forma circunstancial o permanente porque la inseguridad seguía rondando su cuerpo y su mente, pero estaba claro que ese día en el que se había levantado con buena energía, había conseguido un trabajo y había ayudado a un niño a seguir con su camino, todo le indicaba que su destino para volver a ejercer de enfermera posiblemente no era tan negro como ella misma se imaginaba. Cosas buenas y pensamientos positivos atraen más cosas buenas y energías positivas. Sigamos, como Marta, el ritmo de la vida y lo que nos va ofreciendo. Aunque a veces no nos demos cuenta, poco a poco todo lo negro se va tornando de gris a blanquecino. Feliz semana. 

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