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Relato: Espigas de miel

Dejó de pensar. Allí en ese mismo momento, mientras caminaba alrededor de aquellas matas de cereal. Granadas, pendientes de recolecta y de un color tan vibrante como el dorado de la miel. Se había pasado media vida organizando todo; cada paso, cada instante, cada milímetro perfectamente orientado hacia el futuro que quería conseguir, a ese sueño que perseguía cada vez que se levantaba cada mañana al alba para poner en marcha su rutina. Sin excusas, sin miramientos y sin margen de error porque en el caso de que se produjese; el tiempo de reflexión no cabría en su calendario.

Sin embargo; en ese instante tan organizado, en esa hora que dedicaba para salir a caminar y mantener su cuerpo en forma, se había producido el milagro.

Rompió con la rutina, con la ruta y con su mente. Como un clic maravilloso que no pudo reconocer hasta que se percató que se encontraba en medio de ese campo de trigo. Tocando, viviendo, respirando y sintiendo todo lo que tenía alrededor. El maravilloso atardecer que se rendía frente a ella y esa suave brisa que mecía las espigas y su pelo. Dorado, hermoso y lleno de brillo.

Porque aunque Violeta fuera racional, fuerte y decidida también guardaba muy al fondo su parte más sensible, más natural y espontánea. Esa que siempre se había empeñado en esconder para poder seguir hacia delante, directa a su objetivo de salir de su barrio, de su pueblo y hasta de su país si en un futuro se prestaba. Sería la mejor jueza que pudiera imaginar. Imparcial, directa y sobre todo justa, eso es por lo que peleaba cada día. Por aprobar esas malditas y costosas oposiciones que la encumbrarían después de tanto esfuerzo y dedicación. Sin duda era de admirar. Pero todo lo que Violeta se perdía, también era para tenerlo en cuenta. –Un poco más Violeta, el final cada vez está más cerca– se repetía a sí misma cuando más le apetecía flaquear. Y así se daba ánimos y continuaba con su lucha. La de millones de personas que se centran en su sueño y tienen que sacrificar todo lo que hay a su alrededor para poder realizarse en lo que realmente les interesa.

De todos modos, ella siempre había sido así; la reina de la organización y los planes. Hasta la lista de la compra la redactaba por zonas según se distribuían en el supermercado. De modo que a nadie sorprendió cuando dijo que quería estudiar derecho y ser magistrada. Esas ideas de adolescente que a nadie se le ocurren salvo que tengas la idea muy clara. Su personalidad reforzaba su idea, pero no así la cartera de su familia; una de las más humildes de la zona sur de Castilla y León.

Ella lo sabía y se puso manos a la obra y a base de trabajar los veranos haciendo recados a todas las vecinas, de becas por buenas notas y alguna que otra ayuda de un tío lejano, lo consiguió. Fue a la Universidad, sacó sus estudios y hoy está siguiendo los pasos que planeó aquella tarde de julio mientras ayudaba a su padre a cosechar hace ya más de nueve años.

Y quizá por ese recuerdo, Violeta se perdió sin conocimiento entre ese campo de trigo. Recordando esas tardes de sol y calor que pasaba entre tractores y cosechadoras. Entre hombres del campo forjando un carácter que ahora no le permitía cometer errores ni improvisar. Un sentir que por un momento dejó a un lado al atardecer de los maravillosos e inmensos campos de Castilla. Consiguiendo lo que hacía años no se permitía, sentir. Escuchar el ruido del agua que bajaba por la regadera, el cantar de los grillos y las chicharras y su propio corazón. Cada uno de sus latidos sosegados. Sin pensar en nada, vaciando su mente y su razón. Disfrutaba del momento sin saber cuál sería su siguiente paso. Siendo consciente, por primera vez, que se quedaría perdida en ese ocaso eternamente. Recordando ese pasado rural y humilde que siempre la ha presionado y del que todavía intentaba huir a toda costa. Ese pasado que ahora le traía sus mejores recuerdos. Cuándo fue niña y fue libre. Feliz.

Se quedó disfrutando de ese instante todo lo que pudo. Hasta que el sol la retó con sus últimos rayos de luz y se acostó suavemente sobre lo alto de la montaña. De forma instintiva arrancó una de las espigas que mecían en el campo. La más alta y granada. Y se prometió allí mismo que no sería tan exigente consigo misma. Que los sueños están para cumplirlos, pero no a costa de su propia vida y felicidad. Una felicidad que sin pensarlo, había vuelto a ella ese verano entre los campos que la vieron crecer y entre los que perdió millones de sonrisas.

A veces tomarse la vida más a la ligera no viene mal. #FelizSemana

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