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Relato: Vivir sin rastro

«En menos de un instante, lo que tardó en parpadear, el cielo se terció grisáceo. Satinado de pequeñas y esponjosas nubes que no dejaban pasar ni un rayo de sol. Así de repente, como el sol se esconde entre las nubes, como las nubes camuflan el sol, la vida le cambió en tan solo un segundo. Ya nada sería lo mismo. Todo por lo que había luchado, peleado y sacrificado tantas cosas se había calmado como el suave aleteo de su pájaro favorito.

Recordaba haber visto gaviotas por última vez en su viaje al sur de Portugal, hacía ya más de nueve años. Le parecieron irreales, salvajes y en sí mismas se vio reflejado. Intentando sobrevivir día a día. Creciendo y apostando porque había vida más allá de los convencionalismos que le habían enseñado a fuerza de castigo en el orfanato del norte de Francia donde vivió desde los ocho años. 

Él solo había aprendido a reponerse de su pasado, a lidiar con un presente algo complicado, pero que hacía su vida trepidante, y a soñar con un futuro. Fuera cual fuera. Todo ello sin pararse a pensar qué merecía o si acaso la vida le devolvería alguna vez una sonrisa a modo de tregua. 

A sus 43 años las piezas empezaban a encajar. Ya no se preguntaba una y otra vez el porqué de su existencia, simplemente comenzó a asumirlo como parte de su propia historia. -No es fácil entender que no sabes de donde vienes-, se repetía día tras día torturándose par intentar sentirse menos defraudado con su pasado. 

De niño imaginaba que sus padres serían personas importantes que estaban preparando una vida perfecta fuera de las cuatro paredes de esa casa y que pronto volverían con su mejor sonrisa a por él. Con el tiempo comenzó a pensar que quizá conseguir esa vida tan fantástica llevaba más tiempo del que él pensaba. Pasaron los días, los años y sus ideas también fueron cambiando. Con el tiempo asociado al fracaso de sus sueños, se convirtió en un chico solitario, introvertido, creativo a su modo y algo conflictivo. El lápiz y el papel pasaron a ser sus mejores aliados mientras que el resto de personas del orfanato, incluyendo las orondas cuidadores, comenzaron a perder la paciencia con el pequeño Piere. 

Y es ahí, en ese instante, donde comenzó todo. El punto de inflexión en el que un niño de tan solo 12 años se aferró a sí mismo para entender que se venga de donde se venga, se nazca donde se nazca o se tenga familia o no se tenga, cada uno es dueño de su propia vida. Es libre par apostar, creer, imaginar y luchar por construir aquello que le haga sentir parte de algo y dueño de sí mismo. 

Ese siempre fue su paradigma. Lo que le daba fuerzas para enfrentarse a todo. Lo que hacia de su vida una apuesta personal donde su necesidad de ser alguien premió sobre todas las cosas. Luchaba por querer demostrar al mundo que no hace falta tenerlo como aliado para poder ser feliz. 

Y así se labró un presente cautivador, sin una identidad clara ni una casa fija. Nadie con quien relacionarse con frecuencia, nadie que llegado el momento de escapar le echara en falta. Echaba una mano aquí y allá. Iba ayudando a quien se cruzaba en su camino sacando así una ayuda para pasar y superar cada día. Aprendiendo de todos y sobre todo del poder que la soledad y el ir conociéndose a sí mismo le procuraba. 

Era dueño de su pasado imaginando historias de caballeros y princesas sobre sus origines y fue dueño de su propio destino en el momento que abandonó sin recelo el orfanato a los 18 años. Era dueño de su casualidad y la virtud de sentirse libre en cada momento. Se pertenecía a sí mismo, a su lucha por disfrutar de la vida con lo que esta le daba. Sin pedirle nada más.

Así recorrió medio mundo, sin dejar rastro pero sí huella. Su lápiz y papel recopilaron sus grandes pensamientos, esos a los que solo accedes cuando te muestras a ti mismo, relajado y sin complejos. Cada día se sentía diferente. Atrás quedaron ya esos tristes recuerdos de los compañeros del orfanato zarandeando su cuerpo y su propia vida. Ni siquiera se llegaba a preguntar qué sería de ellos ahora o si algunos padres habrían vuelto a por ellos para ofrecerles esa vida perfecta con la que no solo él había soñado tantas noches. 

Su camino le enseñó a mostrarse y afrontar cada paso, a no complicarse por sí mismo el día a  día y a no pretender que el resto del mundo lo comprendiera. Solo quería demostrarse lo que con doce años bajo el mohoso edredón que tenía en su habitación, se prometió. -Cada uno es dueño de su propio camino-, gritó en voz alta. 

Y ahí es cuando paró, se percató de donde estaba, miró al cielo y volvió a disfrutar con el suave aleteo de una gaviota. Cerró los ojos y comprendió que había regresado a casa. Que lo que tantas veces había soñado de niño jugando en la playa, escuchando el sonido de las olas rompiendo contra la bahía de Carvoeiro no era solo un sueño, sino su propia vida. 

A fuerza de crecer, escuchar, vivir y entenderse a sí mismo consiguió volver a casa. Esa casa con la que siempre había soñado y donde por fin se sintió plenamente a gusto.  Dueño completo de sus propios pasos.»

Nuestros pasos y nuestros instintos siempre hacen que volvamos donde hemos sido felices.¡Feliz semana!

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