Relatos

Relato. Yin Yang

La lluvia golpeaba duramente contra el cristal de las ventanas que se inundaban de gotas a cada segundo. Se había librado de la tormenta por los pelos. Justo le había dado tiempo a cerrar la puerta de entrada de su casa, soltar un suspiro de alivio y el agua comenzó a caer con toda su rabia y poder. 

Ver llover siempre le había transmitido paz. Tranquilidad. Como que el agua se llevaba de corrido todos sus problemas y pensamientos negativos. Una limpieza de mente en toda regla. Natural; algo orgánico que la permitía respetar y empezar de nuevo. Ponerse esa eterna sonrisa que siempre le acompaña y la alegría que a Martina le caracteriza. Sensible, correcta, amante de los perros y loca del chocolate. 

Había sido un día duro en la oficina, de esos que es mejor dejar de lado y no volver a pensar. La lluvia había conseguido resetearla, septiembre estaba a la vuelta de la esquina y eso la llenaba de felicidad. Era su mes preferido del año. Cuando el sol ya no calienta tanto, pero su luminosidad te sigue recargando las pilas. ¡Cuándo lo valoras de verdad! Martina disfrutaba imaginando esos maravillosos atardeceres desde su terraza. Llevaba dos años viviendo en su piso de San Sebastián con vistas a la playa de la Concha en la que se pierde de tarde en tarde paseando a «mordisquitos». Su debilidad, su más fiel compañía, el perrito de sus ojos. 

Martina había nacido en Donosti. Guipuchi de toda la vida y tenía claro que no quería vivir en otro lugar. Como buena vasca la lluvia era parte de su vida y los pintxos casi que su religión. Un relámpago seguido de un trueno infernal le sacó de su letargo. Sin embargo volvió a mirar con aire pensativo por la ventana, disfrutando y analizando todas esas gotas caer. Deslizándose por su ventana donde vivirán su final.

Porque así son también los días malos y los pensamientos negativos. Como las gotas de agua, se producen y los generamos en nuestra nube central, la cabeza que le da vueltas a todo y cuando nos conviene o mejor dicho cuando menos nos interesa, esos pensamientos comienzan a caer llenando nuestro cuerpo de insatisfacción y descontento. Pero también como las gotas de agua, desaparecen. Porque nada es eterno y los enfados y frustraciones no duran para siempre. 

Martina lo tiene claro y su forma de pensar, limpiar su mente y relativizar los problemas hace que viva mucho más feliz. Que valore mucho más esos atardeceres infinitos y los paseos con su perro, que el acalorado día en la oficina. 

Su vida suma porque ella hace que todos esos momentos no sean solo rutina sino que cuenten. Martina ha encontrado su equilibrio. ¿Te atreves a  perseguir el tuyo? #FelizMartes 

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